Avenida Ronda de Triana, 3 41010 Sevilla
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Cuando hay oficio, se nota. No hace falta un gran discurso ni una presentación elaborada para entenderlo. Hay bares que, desde el primer día, transmiten con claridad qué quieren ser y para quién están pensados. No porque renuncien a una idea contemporánea de la hostelería, sino porque parten de algo más básico y, a menudo, más difícil: la experiencia acumulada. En un momento en el que muchos proyectos nacen pendientes de la tendencia, del concepto o del relato que los acompaña, resulta casi llamativo encontrarse con un local que parece haber saltado todos esos pasos intermedios. Un bar que abre sabiendo exactamente cómo debe funcionar, cómo debe atender y qué lugar quiere ocupar en el barrio. Sin ensayo ni correcciones visibles. Esa sensación de naturalidad no es casual. Responde a una manera de hacer las cosas donde el conocimiento previo pesa más que la ocurrencia, y donde la experiencia se traduce en decisiones sencillas, pero acertadas. Aquí no hay voluntad de sorprender, sino de funcionar. Y en una cervecería de las de siempre, eso no es poco.
En la base de La Chata no solo está un concepto claro, sino también dos trayectorias que hablan de oficio y conocimiento hostelero. Uno de los nombres más reconocidos es Rodrigo Parladé, heredero de una saga familiar vinculada a la restauración en Sevilla desde hace décadas. Parladé es la fuerza detrás de varios establecimientos consolidados en el barrio de Los Remedios, como El Viejo Tito, un restaurante clásico con cerca de cincuenta años de historia que ha sabido adaptarse a los tiempos sin perder su identidad. Hoy gestiona cuatro locales bajo esa misma filosofía de cocina reconocible, trato cercano y clientela fiel, y su experiencia en el día a día de la hostelería se ha ganado una sólida reputación en el sector sevillano. Junto a él está Javier Duque, conocido por su trayectoria al frente de La Extremeña, un bar de corte tradicional situado en Los Remedios que ha sido punto de encuentro generacional en ese barrio. Su presencia habitual en la sala y su implicación directa en el servicio, reflejan una forma de entender el bar donde la atención al cliente y la calidad del servicio son tan importantes como la propia propuesta gastronómica. La combinación de estos dos perfiles, se traduce en un proyecto con raíces claras en la hostelería tradicional sevillana, pero con la ambición y el rigor necesarios para afrontar un formato tan simbólico como una cervecería de siempre en Triana.
Una carta clásica construida desde la sencillez, pensada para que el cliente sepa desde el primer momento qué va a encontrar al pedir una cerveza, pero que sorprende por la presencia de una cocina más amplia y trabajada de lo que suele ser habitual en este tipo de cervecerías. Entrantes como los chicharrones de Cádiz 3,50€, ensaladilla de langostinos y de puerros 3,50€, papas alioli o bravas 3,50€, paté Viejo Tito 4,50€ o las gildas 1,80€. A partir de ahí, la cocina gana peso y protagonismo. Los fritos, imprescindibles en cualquier cervecería, están bien representados: croquetas de toro o de jamón 3,90€, chocos 12,50€, adobo 4,50€, lagrimitas de presa, pollo frito 4,00€ o cachopo 25,00€. Revuelto de chistorra de Navarra 13,50€ y los huevos fritos con gambas de cristal 12,00€, wok de verduras 13,50€, espinacas con garbanzos 3,80€ o alcachofas con salmorejo 4,50€. Pero donde la carta se desmarca, es en las tapas calientes: Carrillada 4,70€, solomillo roquefort, carbonara o con mojo 4,10€, cola de toro 5,20€, raviolis de ternera 4,50€, rollitos de pechuguitas 4,50€, chorizo criollo o guiso del día 4,00€. De pescados, tacotuna 15,00€, tataki de atún 14,50€ o albóndigas de choco 4,50€. Completan la oferta los montaditos, bocados rápidos y directos de pringá, lomo, gambas alioli, piripi o los de solomillo 3,80€, ideales para la barra. En bebidas no hay espacio para la floritura: cerveza bien fría y bien tirada, manzanilla, fino o una pequeña muestra de vinos clásicos.
Todo responde a una lógica clara: una carta directa y comprensible, precios visibles y una cocina con más peso del habitual, pensada para la barra, donde el ritmo del bar manda y los fogones acompañan sin distraer, pero con presencia. En conjunto, La Chata se entiende como un ejercicio de coherencia. No busca reinterpretar la cervecería sevillana ni vestirla de algo que no es, sino recuperar su sentido más básico y funcional: buen producto, cerveza bien servida y un espacio pensado para el día a día del barrio. Hay una intención clara de volver a lo esencial, de eliminar lo superfluo y quedarse con aquello que ha demostrado funcionar durante años. El resultado es un local que se apoya en el oficio y en la experiencia de quienes están detrás, y eso se traduce en naturalidad. Todo encaja sin esfuerzo aparente, desde la carta hasta el ambiente, pasando por el ritmo de servicio. La Chata no pretende ser un lugar de destino ni una novedad pasajera, sino un bar al que volver, uno de esos sitios que se integran en la vida cotidiana y acaban formando parte del paisaje. Y en Triana, donde la memoria de los bares pesa tanto como su presente, eso es quizá el mayor acierto.















