Calle Almirante Lobo, 17, Casco Antiguo, 41001 Sevilla
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En Sevilla hay edificios que no son solo arquitectura, sino memoria viva de la ciudad. Pensaba en eso al conocer el origen del nombre: Bar Coliseo nace como un homenaje al emblemático Edificio Coliseo, inaugurado en 1931 como teatro y cine en la Avenida de la Constitución. Un espacio que forma parte del imaginario cultural sevillano y que, de alguna manera, sigue latiendo en este nuevo proyecto. Con ese mismo espíritu, el de respetar lo que ya tiene significado, se abren ahora sus puertas. Y es precisamente ahí donde encaja la forma de trabajar de Ovejas Negras Company, un grupo que ha demostrado con creces su capacidad para detectar cuándo un espacio no termina de funcionar y, lejos de verlo como un problema, convertirlo en una oportunidad. Con una ejecución ágil y precisa, son capaces de redefinir conceptos y ponerlos en marcha en tiempo récord. Así, el antiguo local de los García se prepara para una nueva etapa. De la mano de Juan M. García y Genoveva Torres, con la participación de Samuel Sutil (Hispa Gurmé), el espacio renace bajo el nombre de Bar Coliseo, apostando por una propuesta que mira a lo esencial: cocina de barra, guisos bien trabajados y frituras que reivindican, sin complejos, el recetario popular desde la cercanía y el respeto por la tradición.
Ubicado en los bajos del hotel Tayko, el espacio se abre paso en uno de los enclaves más privilegiados de Sevilla, dialogando con el pulso histórico de la ciudad. La terraza, amplia y muy expuesta a la vida de la calle, refuerza esa conexión con el entorno: se organiza principalmente con mesas altas y taburetes, pensadas para una experiencia más dinámica, casi de paso, muy alineada con el ritmo de la zona. Bajo grandes toldos y sombrillas blancas, el conjunto adquiere un aire luminoso, ideal para el aperitivo o una comida informal con vistas a uno de los puntos más icónicos de la ciudad. El interior despliega un equilibrio medido entre lo clásico y lo actual, con un claro guiño a la estética de taberna tradicional. Aquí, las mesas y sillas de madera, tipo tijera, aportan ese carácter reconocible, cercano, que invita a una estancia más reposada. La barra, auténtico eje del espacio, se presenta como punto de encuentro, revestida con listones de madera, tipo botas de vino, y rematada por superficies de acero que introducen un contraste más actual. Sobre ella, una línea de faroles metálicos suspendidos refuerza esa atmósfera de taberna reinterpretada. La mirada se eleva hacia el techo granate, donde las lámparas recicladas de Los García aportan un gesto escenográfico. En paralelo, el pavimento ajedrezado en blanco y negro introduce ritmo visual y remite directamente a los cafés clásicos, ordenando el espacio con una geometría clara. El conjunto funciona así en dos tiempos: una terraza viva, ligera y abierta a la ciudad, y un interior que recoge el testigo de la tradición, con ese aire de taberna clásica que combina oficio, memoria y una ejecución contemporánea.
La carta se mueve en un terreno reconocible, con una base de recetario clásico bien ejecutado y precios contenidos en el formato tapa. Arranca con imprescindibles como el jamón ibérico de bellota 100%, la tabla de quesos o unas papas aliñás con melva canutera, junto al siempre fiable pan calentito con tomate rallao (4,5€). En esa misma línea funcionan los mejillones en escabeche con patatas chips (5€), el mantecaíto de Sevilla (4,8€) o el montadito de pringá (4,9€), pequeñas piezas pensadas para el picoteo. No faltan platos de corte más tradicional como el tomate “feo” de la huerta aliñado con ajitos fritos, la ensaladilla de gambas “La Capitana” o el lomo de orza aliñao con vinagreta de yema (5,5€). También aparecen el salpicón de marisco (6€), la ensalada de la huerta con melva, tomate y cebolleta o clásicos de cuchara como las espinacas con garbanzos, el menudo o la cola de toro estofada. En la parte de fritos y cocina más popular, la oferta mantiene el nivel: tortillitas de camarones (3,5€), soldaditos de pavía con alioli de limón, cazón en adobo al oloroso, lagrimitas de pollo con alioli, boquerones al “manojo” o croquetas de caña de lomo. Se suman propuestas como el choco, los huevos rotos con jamón o las albóndigas de choco y gamba, junto a platos más contundentes como la carrillera al PX con patatas fritas. El apartado de marisco incluye opciones como la gamba blanca “al puñao”, langostinos de Sanlúcar, almejas de carril, navajas o mejillones, pensadas para compartir y alargar la sobremesa. Los arroces, todos con mínimo de dos personas, se mueven entre el meloso y el seco: meloso de marisco (16€/pp), seco de mariscos (15€/pp), seco de ibéricos (14€/pp) o meloso de ibéricos (16€/pp). En pescados, la carta apuesta por producto reconocible: lubina, pargo, corvina, atún, pez espada, chipirón de anzuelo o calamar de potera. Y en carnes, desde el solomillo al whisky (4,9€) hasta el lagartito ibérico, el cachopo de ternera con queso fundido, el lomo bajo de vaca o el flamenquín de solomillo y payoyo. El cierre dulce mantiene el tono clásico: torrija de la abuela con helado de canela, tocino de cielo de las carmelitas descalzas (6€), sopa fría de frutos rojos (6,5€) o tarta de queso payoyo con mermelada de higos.
Son ya muchos años siguiendo de cerca a Ovejas Negras y escribiendo sobre sus proyectos. Eso hace que la mirada se mueva inevitablemente entre lo profesional y lo personal, aunque con el mismo nivel de exigencia de siempre a la hora de valorar lo que sucede tanto en el plato como en la sala. Aquí la decisión parece clara: apostar por un modelo más dinámico, con alta rotación, donde la barra, la terraza y el formato ligero marcan el ritmo frente a la sobremesa larga. Es, en el fondo, una lectura bastante afinada del lugar en el que están: Puerta de Jerez no invita a quedarse horas, sino a entrar, disfrutar y seguir. La cocina acompaña bien esa idea. Es reconocible, de las que no buscan sorprender sino agradar desde el primer bocado. Una propuesta bien ejecutada y con precios ajustados al enclave, algo que se agradece especialmente en una zona tan tensionada por el turismo. Con una base sólida y una idea muy clara de lo que quiere ser, este Coliseo se presenta como un proyecto fácil de entender. ¿Funcionará? Como siempre, será el tiempo, y Sevilla, quien lo confirme. Aunque todo apunta a que estamos ante uno de los movimientos más inteligentes de esta primavera.
















