Este verano he contabilizado hasta seis aperturas de peso en Tomares, una cifra difícil de igualar en cualquier otro municipio del Aljarafe. La localidad se ha consolidado como el gran foco de atracción para los grupos hosteleros sevillanos, que encuentran aquí un público con poder adquisitivo, una intensa vida social y un mercado que todavía ofrece margen para seguir creciendo. Uno de los ejemplos más representativos es la antigua Venta Mascareta. Durante más de tres siglos fue uno de los enclaves más transitados a las afueras de Sevilla. Situada en el antiguo camino que unía la capital con el Aljarafe y las marismas, la venta era parada obligada para arrieros, viajeros y ganaderos que encontraban allí descanso, comida y agua antes de continuar el viaje. Sus orígenes se remontan al siglo XVII y aún conserva la característica galería porticada que la convirtió en una de las imágenes más reconocibles del paisaje de Tomares. A lo largo de su historia fue testigo del paso de comerciantes, tropas y caminantes, desde la época del comercio con las Indias hasta los años en que el bandolerismo formaba parte de la realidad de los caminos andaluces. Tras décadas de abandono y con un futuro cada vez más incierto, el edificio inicia ahora una nueva etapa gracias a la iniciativa de un grupo de hosteleros sevillanos, que han apostado por recuperar este inmueble histórico respetando buena parte de su fisonomía original. La antigua venta acaba de reabrir convertida en una bodega gastronómica donde los protagonistas son los vinos, las chacinas, los quesos, las conservas, el tapeo tradicional y varios guisos caseros. La rehabilitación ha permitido recuperar las arcadas y el carácter arquitectónico del edificio, devolviendo al municipio uno de sus espacios patrimoniales más emblemáticos y demostrando que la mejor hostelería también puede convertirse en una herramienta para conservar la memoria de un lugar.
La recuperación de la antigua venta ha seguido una idea muy clara: respetar el carácter del edificio y alejarse del concepto de un restaurante convencional. El inmueble mantiene unas dimensiones contenidas y el espacio interior se organiza alrededor de una amplia barra, auténtico eje de la actividad diaria. Sin embargo, el verdadero protagonismo corresponde al exterior. La histórica galería porticada vuelve a ejercer como lugar de reunión y conecta con una amplia terraza que rodea la construcción, hoy convertida en uno de los principales reclamos del establecimiento. Durante los días de buen tiempo, este espacio se llena de clientes que encuentran el lugar perfecto para disfrutar con calma de una copa de vino, una cerveza bien servida o unas tapas al aire libre. La intervención arquitectónica ha sabido conservar los elementos más representativos de la antigua venta. Los arcos de ladrillo visto, los muros encalados, la cubierta de teja árabe y una decoración sencilla, sin artificios, permiten que sea el propio edificio quien marque la personalidad del conjunto. El resultado transmite la esencia de las ventas andaluzas de siempre, adaptadas a los nuevos tiempos sin perder autenticidad ni convertir el patrimonio en un simple recurso estético. En el interior apenas hay un par de mesas, ya que la barra concentra la mayor parte del servicio. La gestión del establecimiento recae en Luis Manuel Vargas, profesional con una amplia trayectoria en hostelería, que ha sido designado como responsable del proyecto.
La carta apuesta por una cocina muy tradicional, basada en el producto y el tapeo, con la mayor parte de las referencias situadas entre los 3 y los 8 euros, reservando los importes más elevados para las chacinas ibéricas y algunos platos principales. En el apartado de abacería aparecen diferentes variedades de gildas, con precios entre 2,20 y 2,60 euros. La oferta de chacinas y quesos incluye un papelón de chacinas (15 €), jamón ibérico de bellota (20 €), lomito ibérico de bellota (18 €), morcilla serrana ibérica (5,50 €), chorizo y salchichón ibérico de bellota (7,50 €), además de queso viejo (3,50 €). Las conservas y salazones ocupan un lugar destacado, con propuestas como anchoa con mantequilla pasiega y queso viejo (3 €), mejillones gigantes gallegos en escabeche (5,50 €), melva canutera en aceite de oliva virgen extra (4,90 €), ventresca de atún con pimientos asados (7,20 €), mojama extra con almendras, capote de melva (4,50 €) y palometa con queso fresco (4,50 €). Entre los fríos no faltan algunos clásicos de las barras andaluzas como la ensaladilla clásica (4,50 €), aliño de papas (3,90 €), papas con alioli casero (3,90 €), aliño de huevas (4,90 €), salpicón de langostinos, salmorejo con jamón (3,90 €) o sobrasada con queso viejo (3,90 €). Los fritos reúnen desde las patatas bravas Mascareta (4 €), merluza frita con alioli (9,50 €), croquetas de puchero (4,50 €), alitas crujientes (6,50 €), chicharrón frito caliente (4,90 €) y un adictivo chicharrón de Cádiz (7 €). La sección de montaditos es una de las más extensas. Incluye el Piripi Mascareta (3,90 €), uno de secreto, jamón, queso, salsa whisky y pimientos (4,50 €), otro de gambas al ajillo con alioli (3,50 €), mechada con queso y mojo (3,90 €), chorizo picante (3,50 €), pringá (3,50 €), carrillada con mermelada de pimientos y alioli (4,50 €) y mantecaíto al whisky con queso (4,50 €), entre otras especialidades. La propuesta se completa con un apartado de guisos caseros, donde aparecen recetas como carrillada al PX, solomillo al whisky, carne con tomate, carne en salsa, el guiso del día o la carrillada en salsa.
Otro detalle que llama la atención es una pizarra dedicada a los vinos disponibles para llevar. Proceden de las bodegas Góngora, en Villanueva del Ariscal, y han sido embotellados en exclusiva para el establecimiento, con etiquetas personalizadas que llevan su nombre. Estos vinos pueden degustarse tanto en el local como adquirirse para consumir en casa. La oferta líquida se completa con un barril de manzanilla Elías, de Sanlúcar de Barrameda, servida bien fría, además de la cerveza Cruzcampo de barril. El establecimiento acaba de iniciar su actividad y funciona, por ahora, sin reservas. Uno de los aspectos más singulares es que prescinde de la tradicional toma de comandas: los clientes realizan el pedido directamente desde la mesa mediante un código QR, mientras que el personal se ocupa únicamente de preparar la consumición y llevarla hasta la mesa. El local abre de forma ininterrumpida desde el mediodía hasta después de las cenas y prevé incorporar desayunos en las próximas semanas para completar la oferta gastronómica. En definitiva, la recuperación de la Venta Mascareta va mucho más allá de una nueva apertura hostelera. Supone rescatar uno de los edificios con mayor carga histórica de Tomares y devolverle la función para la que nació hace siglos: ser un lugar de encuentro. Entre vinos, chacinas, conservas y tapeo tradicional, el antiguo mesón vuelve a llenarse de vida y demuestra que patrimonio y gastronomía pueden caminar de la mano cuando detrás existe un proyecto coherente y respetuoso con la historia del lugar.
