La historia de Sevilla no solo se contempla en sus monumentos; también permanece en aquellos lugares donde la ciudad lleva generaciones encontrándose. Uno de ellos ocupa este rincón junto al Parque de María Luisa y la Plaza de España. Para entenderlo hay que regresar a 1929, cuando la Exposición Iberoamericana transformó Sevilla y aquí abrió un elegante quiosco acristalado conocido como la Quinta de Goya, inspirado en la Quinta del Sordo de Francisco de Goya. Después llegó el automóvil y con él otra época. El edificio quedó vinculado a Mariano Terry, pionero del sector en Andalucía, que lo utilizaba para recibir clientes y cerrar operaciones relacionadas con los vehículos Citroën. Los coches se hicieron habituales frente al establecimiento y los sevillanos terminaron bautizando el lugar a su manera: Bar Citroën. Durante décadas, aquel nombre significó mucho más que una cafetería. Hubo tertulias, flamenco, celebraciones, noches largas y conversaciones alrededor de sus mesas. Ahora esa historia se cruza con la de La Raza, vinculada al Parque de María Luisa desde 1932. El actual Restaurante Café La Raza recupera el edificio para una nueva etapa, mientras la Quinta de Goya permanece en su memoria y el antiguo Citroën en el recuerdo de varias generaciones de sevillanos. Han cambiado la ciudad, los coches de la puerta y quienes ocupan las mesas. Casi un siglo después, este rincón continúa haciendo aquello para lo que parece haber nacido: reunir a la gente alrededor de una mesa.
La reforma ha cambiado por completo el aspecto del antiguo Bar Citroën, pero ha sabido aprovechar aquello que hacía especial al edificio: su forma, la luz y su relación constante con el Parque de María Luisa. El resultado es un espacio luminoso y con mucha personalidad, donde los grandes ventanales de arco, los techos altos y la geometría del suelo conviven con una decoración desenfadada, elegante y llena de pequeños contrastes. La planta baja gira alrededor de una gran barra curva, casi como una pieza central que organiza todo el salón. Sobre ella, una composición de lámparas de gran formato llena el techo y acentúa la altura del edificio. Alrededor aparecen mesas de mármol, sillas de rejilla y cómodos sillones tapizados en tonos teja, mientras la madera oscura de algunos muebles rompe con el blanco predominante de paredes, barra y carpinterías. Los arcos y ventanales hacen que el exterior esté siempre presente. Desde buena parte del comedor se ven los árboles y el verde del parque, una conexión que continúa al salir a la gran terraza, uno de los principales atractivos del restaurante. Con cerca de 200 metros cuadrados, está literalmente abrazada por la vegetación y tiene distintos tipos de mesas y zonas de asiento. Más que una terraza urbana, por momentos produce la sensación de estar comiendo dentro del propio jardín. El edificio reserva además una segunda planta para alargar la visita después de la cena, con un ambiente más orientado a las copas. Así, cada zona tiene su propio ritmo: la barra para un encuentro rápido, el comedor para sentarse sin prisas, el jardín para aprovechar las horas agradables de Sevilla y la planta superior cuando la sobremesa pide continuar. Esa distribución encaja con la idea del Café La Raza como un lugar que cambia a medida que avanza el día.
La Raza propone una cocina muy reconocible, buen recetario y platos pensados para disfrutar sin demasiadas ceremonias. La carta se mueve entre la abacería, el tapeo, los arroces, la huerta, el pescado y las carnes, con bastante protagonismo del producto ibérico y andaluz. Para empezar, jamón ibérico de bellota al corte con pan cristal, aceite y tomate, 28 €. Salchichón ibérico, caña de lomo y una tabla de quesos seleccionados, alrededor de 16 €. En el apartado para compartir aparecen las gildas de la casa, 4 €, y la ensaladilla de gambas, desde 5 €. No falta el pincho de tortilla de patatas La Raza, una receta que la casa remonta a 1939, por 5 €. Las croquetas de jamón rondan los 2,50 € la unidad y las patatas aliñás con ventresca de atún, los 6 €. La huerta tiene también peso propio, con salmorejo cordobés con huevo de codorniz y jamón, 12 €. Tomate corazón de toro con ventresca de atún, 14 €, o burrata con pesto de cilantro, canónigos y tomate semiseco, 17 €. Entre los arroces secos encontramos el arroz del señorito, 22 €, el arroz negro, 20 €, y el arroz ibérico, 24 €. La pesca del día se plantea con elaboraciones como lubina frita a la inversa con emulsión de adobo y encurtidos, 24 €. También merluza en salsa verde con espárragos tiernos, 26 €, o salmón con salsa hoisin, cilantro y escalivada, 22 €. En carnes, la presa ibérica de bellota con cremoso de boniato y polenta frita ronda los 24 €. El solomillo de ternera con salsa bordelesa y puré Robuchon, 29 €, es una de las opciones más contundentes. También hay cochinillo confitado o lomo bajo de vaca simmental, ambos alrededor de 29 €. La carta se completa con sándwiches, bikinis y bagels, con precios que se mueven aproximadamente entre 8,50 y 12 €. Para terminar, postres sencillos y apetecibles: fresas y frambuesas con nata, coulant de avellana o tartas del obrador, entre 6,50 y 9 €. La bodega tiene bastante recorrido, desde vinos por copas hasta referencias de Rioja, Ribera del Duero, Rías Baixas, Bierzo, Champagne y pequeños proyectos nacionales. Hay blancos, tintos, rosados, espumosos y generosos, con botellas desde unos 24-25 € y etiquetas especiales que superan ampliamente los 100 €. Suficiente en botellas, aunque se echa en falta algo más de variedad por copas.
Por la mañana, La Raza cambia de registro con una propuesta de desayunos y brunch bastante amplia. Hay, además, un detalle que merece la pena destacar: los churros. Se pueden pedir en media ración (3 €) o completa (6 €), acompañados de chocolate caliente (3 €). Más que un restaurante en sentido estricto, funciona como un espacio abierto a casi cualquier momento del día. Los precios, teniendo en cuenta la ubicación, se mantienen en una franja razonable. El servicio es amable y muy pendiente de las mesas, quizá incluso demasiado en determinados momentos. Pero es precisamente al mirar más allá de la comida cuando aparece la principal objeción. El antiguo Bar Citroën parece haber ganado muchas cosas por el camino, pero también ha perdido parte de su autenticidad. El edificio continúa ahí, el parque sigue rodeándolo y algunos elementos recuerdan inevitablemente lo que fue, pero la experiencia responde ahora a otro modelo. Tuve una sensación curiosa: por momentos, me sentía extranjero en mi propia ciudad. Quizá ahí esté la mayor distancia con el viejo Citroën. Aquel establecimiento tenía algo difícil de fabricar: pertenecía al paisaje cotidiano de Sevilla. El nuevo La Raza es más cuidado, más versátil, más contemporáneo y probablemente más preparado para el público que hoy transita por la zona. Pero es otra cosa. Donde antes había un bar con historia, memoria y cierto desorden sevillano, ahora hay un establecimiento pensado para funcionar con eficacia desde el desayuno hasta la copa. No necesariamente peor. Tampoco mejor. Simplemente, el Citroën ya no está. Y quizá sea esa ausencia lo que más se nota.
