El filandón, o fiandón, fue durante generaciones una de esas costumbres sencillas capaces de explicar una forma de vivir. En las noches frías, vecinos y familias se reunían al calor de la lumbre para conversar, cantar, contar historias o realizar pequeños trabajos manuales. Más allá de lo que hiciera cada uno, lo esencial era compartir tiempo y espacio. Quizá por eso, cuando Marco Aurelio Avelló decidió abrir hace dos años su propio negocio en Sevilla, encontró en aquel nombre la mejor forma de resumir una historia que llevaba tiempo construyéndose. Nacido en León, llegó a la capital hispalense en 1999 para trabajar como director comercial en Alsa. Tres años después se casó con una sevillana y, con el nacimiento de su hija, Sevilla dejó de ser solo una etapa profesional para convertirse definitivamente en su hogar. Desde entonces, su vida ha transcurrido entre las raíces leonesas que nunca ha dejado atrás y una ciudad que terminó haciéndose también suya. El Filandón nació así como un puente entre León y Andalucía. No se trataba de reproducir lejos de casa la cocina de su infancia, sino de propiciar un diálogo entre ambas tierras a través del plato. Poco a poco, Marco ha creado en Sevilla un lugar que conserva el espíritu de aquellas reuniones: la conversación, la comida compartida y la sensación de que una mesa también puede mantener vivo el vínculo con el lugar del que venimos. De ahí que el nombre del restaurante resulte especialmente preciso. El Filandón no habla solo de León ni solo de gastronomía, sino de encuentro: de sentarse juntos y dejar que las historias circulen mientras llegan los platos. Una tradición leonesa reconocida en 2009 como Tesoro del Patrimonio Cultural Inmaterial de España ha encontrado así, siglos después y a cientos de kilómetros de su origen, una nueva mesa alrededor de la que seguir contando historias.
Situado en la zona del Tiro de Línea, El Filandón apuesta por una decoración cálida y muy reconocible, con un interior que mezcla elementos rústicos, detalles tradicionales y soluciones más actuales. Predominan los tonos crema y tierra, combinados con madera natural, estructuras metálicas negras y una iluminación cálida que ayuda a crear un ambiente cómodo y cercano. La iluminación tiene bastante protagonismo, con lámparas suspendidas de diferentes formas y tamaños que refuerzan esa estética informal y acogedora. El mobiliario combina mesas de madera, sillas de fibras trenzadas, taburetes y mesas altas, lo que permite crear ambientes distintos dentro del mismo local. Hay zonas pensadas para comidas en grupo, otras más informales y rincones que recuerdan a una taberna contemporánea, siempre con una puesta de mesa sencilla y sin excesos. En las paredes aparecen numerosos guiños decorativos. Fotografías, láminas, mapas, reproducciones de vidrieras y referencias a la arquitectura y el patrimonio leonés, conviven con pequeños detalles de inspiración tradicional. El gran rótulo de “Filandón”, colocado en una de las paredes principales, funciona como uno de los elementos más reconocibles del establecimiento y da personalidad al conjunto. Destaca especialmente la vinoteca acristalada de madera, concebida casi como una pieza de mobiliario expositivo. Su iluminación interior y la disposición de las botellas la convierten en uno de los puntos visuales más cuidados del local, al tiempo que refuerza la importancia que tiene el vino dentro de la propuesta. El resultado es un espacio luminoso, desenfadado y bastante doméstico en su concepción, con una decoración que busca transmitir cercanía, y un ambiente pensado para comer con calma y sentirse cómodo desde el primer momento.
En su carta conviven producto leonés, referencias andaluzas y recetas que miran tanto al recetario tradicional como a los sabores que Marco ha ido incorporando a lo largo de su trayectoria. Las gildas abren la carta con cuatro versiones: la clásica de aceituna, piparra y anchoa y la de boquerón en vinagre, ambas a 1,70 euros; la de atún y queso, a 1,80, y la de cecina y queso, a 2 euros. Entre los aperitivos aparecen la ensaladilla y la tortilla de patatas, a 3,20 euros, la mojama de atún, a 3,70, o los mejillones en escabeche, a 6 euros. La sección «Con pan» reúne propuestas como el Don Filandón, un mollete con pastrami de buey confitado de El Capricho por 8,50 euros; el bikini gallego de lacón y queso, a 4,80; el brioche de pulled pork, a 3, o el bagel de salmón y queso crema, a 7. Para compartir aparecen el guacamole con nachos, por 7,50 euros; el tartar de salchichón, por 8; los canutillos de cecina con foie de pato, por 13; la cecina de vacuno de León, por 10; la morcilla de León, por 9, y el chicharrón de Cádiz, por 7. Entre las especialidades, el pollo al ajillo parte de 4 euros; la carrillera ibérica al Pedro Ximénez con parmentier trufado, de 5,50 la tapa y 16 el plato; el guiso del día, de 4 y 9 euros; y el lomo con tomate, de 4,50 y 10. Las bravas cuestan 3,80 euros y la pringá «engofrada», 9. Destacan además dos elaboraciones vinculadas a Fresno de la Vega: los pimientos entrecallaos con bonito, a 9 euros, y los puerros confitados con romescu, katsuobushi y cecina, a 9,50. La propuesta se completa con costillar de cerdo a baja temperatura, por 9 euros, y filete de dorada con guarnición, a 6,50. Y, en ocasiones especiales, la carta recupera uno de los platos más ligados a la tradición leonesa: el cocido leonés, que a diferencia del maragato, se elabora con carne fresca en lugar de curada y en El Filandón se prepara por encargo, manteniendo ese carácter pausado y casi ceremonial que acompaña a los grandes platos de cuchara. Para terminar, los postres se mueven en torno a los 5 euros, con semihelados de distintos sabores y torrija de brioche con helado. El vino ocupa también un lugar importante, con referencias de León y Bierzo junto a etiquetas de Rioja, Ribera del Duero, Toro, Sierra Norte de Sevilla, Cádiz o Ribeira Sacra, y copas desde 2,60 euros.
Hay lugares que, por discreción o por no hacer demasiado ruido, tardan un poco más en encontrarse con su público. Pero cuando detrás hay buen producto, una cocina hecha con criterio y una forma honesta de recibir, el boca a boca termina haciendo el resto. El Filandón parece pertenecer a esa clase de sitios que se descubren casi por casualidad y que, después, apetece contar. La visita deja el recuerdo de una cocina que mira a la tradición sin quedarse atrapada en ella y de una mesa pensada para compartir. Pero también permanece la conversación con Marco, pausada, cercana y llena de historias sobre León, Sevilla, la cocina y todo lo que cabe entre esos dos lugares. Escucharlo hablar de su proyecto ayuda a entender que El Filandón no nace solo de una carta o de una colección de recetas, sino de una manera muy concreta de entender la hospitalidad. Quizá por eso, al marcharse, uno tiene la sensación de que la experiencia no ha terminado del todo. Queda el recuerdo de los platos, sí, pero también el de la charla, el tiempo compartido y esa rara comodidad que ofrecen algunos lugares cuando consiguen hacerte sentir parte de la conversación. Ahora que vuelve la temporada de cuchara, es además un momento especialmente bueno para acercarse y probar su cocido leonés. Si os gusta la cocina leonesa, los platos con historia y los sitios donde todavía importa sentarse sin prisas alrededor de una mesa, El Filandón es una dirección que merece la pena guardar, visitar y, sobre todo, recomendar.
