Calle Palacios Malaver, 33, 41003 Sevilla
A la espalda de la calle Feria, a la vista del Omnium Sanctorum, en esa Sevilla donde todavía sobreviven bares que parecen suspendidos en otra época, resiste Bodega Mateo Ruiz. Fundada en 1918 como despacho de vinos a granel, la bodega comenzó abasteciendo a los vecinos del barrio desde el número 88 de Feria. Décadas después, ya en los años ochenta, Mateo Ruiz Fernández transformó el antiguo almacén de bocoyes en una pequeña taberna donde el vino convivía con una carta corta y precisa de tapas y raciones. Hoy la tercera generación continúa al frente del negocio. Roberto Ruiz atiende la barra mientras Raúl Ruiz gobierna la cocina, siempre bajo la presencia silenciosa de Mateo. Y es precisamente ese silencio el que ha terminado formando parte de la identidad del lugar. Muchos sevillanos la llaman “la taberna del silencio”, no porque allí no haya ruido, cuando se llena suena igual que cualquier tasca de Sevilla, sino por la historia familiar de Mateo y Raúl, ambos sordomudos. Aquí las comandas se entienden con gestos, miradas y una coreografía aprendida durante décadas. Un lenguaje propio que convierte cada servicio en algo casi hipnótico.
Entrar en Bodega Mateo Ruiz es entrar en una cápsula del tiempo. La larga barra de madera, desgastada por generaciones de codos y vasos de vino, marca el ritmo de la taberna. Detrás, los jamones colgados, los azulejos antiguos, las pizarras escritas a mano y los barriles de Valdepeñas siguen recordando el origen bodeguero del local. Todo parece detenido en una Sevilla anterior a las franquicias, a las luces de diseño y a las cartas pensadas para Instagram. Las fotografías familiares repartidas por las paredes funcionan como archivo sentimental del barrio. Ahí están los retratos antiguos, las escenas de barra de otro tiempo y el gran rótulo cerámico que recuerda el origen de la casa: “Fundada en 1918 por Mateo Ruiz González”. El comedor interior conserva el aire de las tabernas clásicas andaluzas, con hierro forjado, botas de vino y ese rumor constante de conversaciones y vasos apoyándose sobre madera vieja. La bodega tiene algo de refugio. Un sitio donde el tiempo baja el ritmo y donde todavía se hacen las cuentas con tiza mientras el vino cae desde el grifo de la barrica.
Si hay un producto que define a Casa Mateo es el bacalao. Bacalao de Islandia tratado con una devoción casi religiosa desde hace más de tres décadas. Lo sirven crudo, al ajillo, en aceite con almendras y piñones o dentro de tortillas y montaditos calientes. Pero hay una preparación que se ha convertido en leyenda gastronómica del barrio: el bacalao frito. La carta mantiene intacta la esencia de las tabernas sevillanas de siempre y además conserva precios difíciles de encontrar ya en el centro de la ciudad. La ensaladilla de gambas cuesta 3,50 euros la tapa; las gambas al ajillo, 4,20; el pulpo a la gallega, 7 euros; y las tortillas, de gambas, jamón o bacalao a la vizcaína, oscilan entre los 3,50 y los 5,50 euros. El jamón ibérico de bellota se sirve desde 5,50 euros y los montaditos calientes arrancan en apenas 2,10 euros el de morcilla o 2,30 euros el de chorizo y salchichón. El famoso pepito de bacalao en aceite con cabello de ángel cuesta 3,60 euros. Pero por encima de todo está el bacalao frito. Los tacos llegan recién hechos, dorados por fuera y jugosos por dentro, con una fritura seca, limpia y perfecta que solo aparece cuando hay décadas de oficio detrás de una cocina. Su famosa tapa sigue siendo uno de los mejores bacalaos fritos de Sevilla, no por artificio, sino por exactitud. Porque aquí el producto no necesita maquillaje.
En una ciudad cada vez más entregada a conceptos efímeros, aperturas clónicas y restaurantes pensados para durar lo que dura una moda, Bodega Mateo Ruiz permanece como una rareza hermosa. Un lugar donde todavía manda la autenticidad. Donde la barra sigue siendo el centro del universo y donde un simple plato de bacalao puede resumir la memoria gastronómica de toda una ciudad. Hay bares que sirven comida y otros que conservan formas de vivir. Casa Mateo pertenece a los segundos. Sigue ahí, discreta, entre Feria y Montesión, resistiendo al estrépito contemporáneo con el mismo gesto tranquilo con el que Mateo ha atendido durante toda su vida. Y quizá por eso emociona tanto: porque en sus silencios, en sus maderas gastadas y en el olor permanente a bacalao recién frito, todavía late una Sevilla que parecía perdida.


















