Hubo un tiempo en Sevilla en el que hablar de cocina creativa era casi una declaración de intenciones. A comienzos de la pasada década empezaron a surgir locales que se alejaban de la tapa tradicional sin renunciar a sus raíces. Nacía la era de los llamados gastrobares, un término que entonces simbolizaba innovación, producto y una manera diferente de disfrutar de la gastronomía. Curiosamente, con el paso de los años, muchos de aquellos pioneros han terminado renegando de esa etiqueta, convencidos de que su cocina habla por sí sola y no necesita calificativos. Entre esos nombres que ayudaron a cambiar el panorama gastronómico del centro de Sevilla destaca Sal Gorda, un pequeño restaurante abierto en 2015 por los hermanos Ahitamy, Antonio y Elías Cabrera Fernández. Su propuesta fue desde el principio muy clara: partir de la cocina andaluza y de las tapas de siempre para reinterpretarlas con creatividad, técnica y una cuidada selección del producto. El nombre del establecimiento no es casual; hace referencia a uno de los ingredientes más esenciales de cualquier cocina y refleja la importancia que los hermanos Cabrera conceden a la materia prima como punto de partida de cada elaboración. Ubicado en pleno corazón de la ciudad, Sal Gorda aportó un aire fresco a una zona dominada por propuestas más clásicas, convirtiéndose rápidamente en uno de esos locales que los sevillanos recomendaban y al que los visitantes llegaban por el boca a boca. Su éxito no solo consolidó el proyecto, sino que sirvió de impulso para que la familia Cabrera ampliara posteriormente su presencia en la hostelería sevillana con nuevos establecimientos, manteniendo siempre esa filosofía basada en el respeto al producto, la creatividad y una cocina en constante evolución.
Sal Gorda demuestra que el encanto de un restaurante no depende de los metros cuadrados. Ubicado en una estrecha casa esquina de la calle Alcaicería de la Loza, el local se distribuye en dos plantas y una agradable terraza, alcanzando una capacidad para unas sesenta personas. Su interior mantiene una estética contemporánea y funcional, alejada de artificios, donde predominan la madera natural, los tonos oscuros, la cerámica en verde agua y una iluminación cálida que invita a disfrutar de la comida sin prisas. Todo transmite la sensación de estar en un pequeño bistró urbano donde el protagonismo recae en la mesa y en lo que sale de la cocina. Las mesas, de líneas rectas y dimensiones contenidas, aprovechan al máximo el espacio sin dar sensación de agobio. La decoración es sobria, con algunos detalles que aportan personalidad, ilustraciones, botellas, estanterías de madera y una barra integrada en el conjunto, logrando un ambiente informal pero cuidado, acorde con la filosofía de una cocina creativa que huye de la ostentación. Pero si hay un rincón que define la personalidad de Sal Gorda es su terraza. Situada en una de las calles peatonales con más encanto del entorno de la Alfalfa, se convierte en su mayor atractivo durante buena parte del año. Bajo los toldos que tamizan la luz del sol sevillano, el bullicio del centro histórico se transforma en parte de la experiencia. Es un lugar perfecto para disfrutar de unas tapas y una copa de vino viendo pasar la vida, en ese ambiente relajado y cosmopolita que caracteriza a esta zona del casco antiguo. No es casual que muchas de sus mesas sean las más codiciadas del restaurante: aquí se mezclan vecinos, turistas y habituales que encuentran en Sal Gorda uno de esos rincones donde siempre apetece hacer una parada.
Si algo define la propuesta gastronómica de Sal Gorda es su capacidad para sorprender sin perder de vista el producto. La carta está concebida para compartir, con platos de tamaño intermedio, a medio camino entre la tapa y la media ración, que invitan a pedir varias elaboraciones y recorrer diferentes sabores durante la comida. La despensa se apoya especialmente en verduras, pescados y mariscos, aunque también hay espacio para excelentes carnes y recetas más contundentes. Cada plato llega a la mesa con una presentación muy cuidada y con algún detalle inesperado que aporta personalidad a la receta. La carta, además, evoluciona constantemente gracias a las sugerencias fuera de carta, una de las señas de identidad del establecimiento. Entre las propuestas encontramos una ensaladilla de camarones y edamame (4,50 €), las originales alitas de pollo con salsa kimchee (4,50 €), unas magníficas croquetas de jamón ibérico de bellota (4,80 € las tres unidades) o los buñuelos de bacalao con aire de miel (5,80 €). Muy recomendables son también el tataki de atún encebollado (8,20 €), los tacos de carrillera con chilli chipotle (8,00 €), el refrescante ceviche de pescado de lonja (9,50 €) o el delicado tartar de gamba blanca (6,90 €). Para quienes buscan platos más completos destacan la fideuá negra con puntillitas fritas y alioli (10,90 €), el sándwich de presa ibérica con queso brie y mostaza (10,50 €) o el Cube Roll Black Angus (13,90 €), una de las opciones cárnicas más interesantes de la carta. La experiencia se completa con una cuidada selección de vinos ecológicos y naturales, una apuesta poco habitual cuando el restaurante abrió sus puertas y que hoy sigue siendo uno de sus rasgos diferenciadores. Y para terminar, nada mejor que alguno de sus postres de elaboración propia, el broche perfecto para una cocina que mantiene intacta la filosofía con la que nació hace ya una década: ofrecer platos originales, reconocibles y llenos de sabor.
Hay restaurantes que ademas de marcar una época, consiguen mantenerse vigentes con el paso de los años. Sal Gorda pertenece a este grupo. Después de que los hermanos Cabrera hayan expandido su proyecto con diferentes establecimientos repartidos por Sevilla, este pequeño local de la Alfalfa sigue siendo, en mi opinión, el auténtico corazón del grupo y su referente más reconocible. Aquí fue donde empezó todo y donde mejor se entiende su filosofía: cocina creativa, producto de calidad, servicio cercano y una carta que evoluciona constantemente sin perder su identidad. Es uno de esos restaurantes que rara vez decepcionan. Tanto si es la primera visita como si llevas años frecuentándolo, siempre encuentras algún plato nuevo con el que sorprenderte, manteniendo además una excelente relación calidad-precio. Su agradable terraza, el ambiente desenfadado y una cocina que ha sabido envejecer sin dejar de innovar hacen que siga siendo una apuesta segura en el centro de Sevilla. Para mí, Sal Gorda continúa siendo uno de los establecimientos imprescindibles para entender la evolución de la gastronomía sevillana de la última década. Un pionero de la cocina creativa que ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos sin renunciar a la esencia que lo convirtió, hace ya diez años, en uno de los bares más interesantes de la ciudad.
