Cervecería La Paraíta

Sevilla no tiene puerto de mar, pero eso nunca ha impedido que en sus barras se coma un pescado y un marisco extraordinarios. Buena parte de las marisquerías de la provincia se abastecen de las lonjas de las costas andaluzas, especialmente de Huelva y Cádiz, y esa cercanía permite que en la capital llegue género de enorme calidad. De ahí que la fórmula de cervecería-marisquería tenga tanto arraigo en la ciudad: producto fresco, cerveza muy fría, pescaíto frito y marisco cocido. En ese paisaje gastronómico encaja La Paraíta, un negocio familiar de Parque Alcosa que ha construido su reputación alrededor de una idea bastante sencilla: comprar buen producto y tratarlo con cuidado. Parque Alcosa es uno de esos barrios sevillanos con personalidad propia. Surgido durante la expansión de la ciudad hacia el este en los años setenta, conserva todavía una marcada vida vecinal, con comercios, terrazas y bares que actúan como verdaderos puntos de encuentro. En ese ambiente de barrio nació la historia de La Paraíta. La familia Martín, procedente de Valdezorras, lleva décadas vinculada a la hostelería. Antonio Martín comenzó a trabajar muy joven en un bar del Polígono San Pablo y, con apenas 21 años, puso en marcha su primer negocio en la avenida de la República China. Aquel establecimiento era pequeño, de unos 50 metros cuadrados, y funcionaba como una cervecería de tapas donde ya estaban presentes dos principios que después marcarían la casa: limpieza y buena materia prima. El salto importante llegó en 2005, cuando padre e hijo se hicieron con el local actual y decidieron orientar el negocio hacia el marisco cocido. En una zona carente de este tipo establecimientos, la apuesta funcionó. La relación con el producto sigue siendo muy directa. Buena parte del marisco llega desde Huelva y Cádiz, y durante años la familia ha mantenido contacto estrecho con lonjas y proveedores para localizar el mejor género disponible en cada jornada. Esa filosofía explica que la oferta pueda variar: aquí importa más lo que ha entrado ese día que mantener una carta completamente rígida.

La decoración de La Paraíta deja bastante claro dónde estamos. No pretende convertirse en un restaurante sofisticado ni alejarse de la estética de una cervecería sevillana tradicional. Blanco, azul, madera y referencias marineras articulan prácticamente todo el espacio. Los grandes ventanales llenan de luz los salones durante el día y los toldos de franjas azules y blancas refuerzan ese aire de establecimiento costero trasladado al interior de Sevilla. Las mesas altas de madera, los taburetes y la cerámica mantienen una estética informal, pensada tanto para sentarse a comer con calma como para tomar unas cervezas y compartir algunas raciones. Uno de los elementos más llamativos es la gran fotografía del puente de Triana que preside uno de los comedores. En otra zona aparecen imágenes marineras, redes de pesca y detalles decorativos que remiten directamente al producto que se sirve en la casa. Pero el verdadero centro visual del establecimiento está en la barra. La gran vitrina refrigerada funciona casi como un escaparate gastronómico: gambas, cigalas, navajas, coquinas, ostras, bocas, langostinos o huevas se muestran ordenados ante el cliente. Es una declaración de intenciones y, al mismo tiempo, una manera muy sevillana de vender el producto: primero entra por los ojos. A ello se suma una terraza exterior de mesas altas que por la noche se convierte en una prolongación natural del bar. La Paraíta conserva así esa condición de establecimiento de barrio donde se puede entrar a comer marisco, pero también simplemente a tomar una cerveza fría y alguna tapa.

La carta gira alrededor del pescado y el marisco, pero lo interesante es que permite comer de maneras muy distintas. La vitrina puede reunir gambas de Huelva, cigalas de gran calibre, langostinos de Sanlúcar, coquinas, navajas, ostras, huevas de merluza, bocas o mariscos nacionales que van entrando según temporada y disponibilidad. Las piezas de mayor tamaño se venden al peso, por lo que el precio final depende necesariamente de lo que se elija. Las cigalas son uno de los productos emblemáticos. Las de mayor calibre, conocidas en la casa como cigalas perno, pueden superar ampliamente los 300 gramos por pieza. Se cuecen a diario, se sirven con sal gorda y llegan preparadas para que resulte sencillo acceder a la carne y, sobre todo, al jugo de la cabeza. En determinadas jornadas han llegado a cotizarse alrededor de los 140 euros el kilo. Pero La Paraíta no exige semejante desembolso para comer bien. Su faceta de cervecería permite moverse también por medias raciones y pescados que cambian según el mercado: boquerones, cazón en adobo, acedías, rosada, chipirones, merluza, choco fresco, pijotas, salmonetes o los exquisitos calamares de potera.También hay platos cotidianos como la ensaladilla de gambas o los boquerones en vinagre. Quien no quiera pescado también encuentra alguna concesión cárnica, como piezas de cerdo ibérico a la plancha y, algunos fines de semana, carrillada. La cerveza ocupa igualmente un lugar importante. La casa apuesta por Cruzcampo servida muy fría y ha trabajado con sistemas especiales de conservación y tiraje para mantenerla ligera y fresca. En cuanto al precio por persona, conviene diferenciar claramente dos tipos de visita. Comiendo a base de pescado, tapas y medias raciones, la cuenta puede quedarse aproximadamente entre 25 y 30 euros por persona. Si entran en juego gambas grandes, cigalas, langostas o bogavantes, el gasto puede subir rápidamente. Aquí el presupuesto lo marca el calibre del producto elegido.

La principal virtud de La Paraíta es que consigue convivir en dos mundos. Sigue siendo una cervecería de barrio, cercana, informal y muy sevillana, pero al mismo tiempo maneja un producto que puede situarse al nivel de marisquerías mucho más solemnes. No hay demasiadas complicaciones técnicas ni presentaciones destinadas a distraer. La cocina trabaja fundamentalmente para respetar el género: buenas cocciones, frituras limpias y producto reconocible. En un establecimiento de estas características, esa aparente sencillez es probablemente lo más difícil de conseguir. También ayuda la posibilidad de adaptar la comida al bolsillo. Se puede ir a por unas cervezas, unos boquerones y unos calamares de potera y mantener una cuenta contenida; o convertir la visita en un homenaje alrededor de grandes cigalas, gambas de Huelva y alguna botella especial. Por esa combinación, La Paraíta puede considerarse una de las marisquerías de Sevilla con mejor relación calidad-precio, especialmente para quien valore la frescura del producto por encima de ceremonias innecesarias. Sevilla demuestra una vez más que no necesita tener puerto para manejar pescado y marisco de primera categoría: las lonjas andaluzas están suficientemente cerca y, cuando el género cae en manos de profesionales que saben comprarlo, cocerlo y servirlo, el mar parece estar bastante menos lejos.

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