Moraleja Sevilla

Bar Moraleja nació en Sevilla en 2023 de la mano de los hermanos Morales, con una idea tan sencilla de explicar como difícil de encasillar: recuperar el espíritu del bar sevillano de siempre y llevarlo a su propio terreno. Ellos lo llaman «costumbrismo atemporal», una forma de entender la hostelería que parte de aquello que resulta familiar para varias generaciones de sevillanos y lo traslada al presente con naturalidad, sin pretender quedarse anclado en una época concreta. La historia comenzó con un primer establecimiento en la calle Zaragoza, en pleno centro de Sevilla. Aquel pequeño Moraleja sirvió para definir el concepto y dar personalidad a un proyecto que acabaría encontrando continuidad lejos del circuito más turístico de la ciudad. Ese primer local está actualmente cerrado, pero fue el punto de partida de todo lo que vendría después. La segunda etapa lleva a Moraleja hasta Nervión, donde el proyecto crece y adquiere una dimensión diferente. A los hermanos Morales se suman en esta nueva aventura Pablo Vázquez y Santiago Muñoz, formando un equipo de cuatro socios alrededor de una misma manera de entender el bar. La incorporación de nuevas personas permite evolucionar el proyecto sin romper con aquello que había dado sentido al primer establecimiento. También cambia el contexto. Del centro histórico, Moraleja pasa a un barrio con una intensa vida propia como Nervión, rodeado de viviendas y con un público que permite recuperar una de las funciones más tradicionales de estos establecimientos: convertirse en lugar de encuentro.

El espacio mantiene la sencillez de una barra de barrio: madera, azulejos de diferentes motivos, mesas altas y taburetes, paredes blancas y una distribución pensada para tomar una cerveza, compartir unas tapas y alargar la conversación. No busca una estética excesivamente sofisticada; buena parte de su personalidad está precisamente en esos pequeños detalles que se van descubriendo mientras uno recorre el local. Uno de los grandes protagonistas es el espectacular tirador de cerveza con forma de Giralda. Una pieza difícil de pasar por alto que resume buena parte del concepto de Moraleja y que, además, incorpora a Curro, la mascota de la Expo 92. Un icono que conecta inmediatamente con la memoria reciente de Sevilla y que aquí aparece llevado al terreno más cotidiano: el de pedir una cerveza en la barra. Curro tiene todavía una segunda vida dentro del establecimiento. Su imagen se transforma en una peculiar cabeza de toro multicolor, otra de esas ocurrencias que mezclan símbolos populares de épocas muy distintas sin necesidad de tomárselos demasiado en serio. Las paredes continúan contando historias. Hay ilustraciones, placas y numerosos guiños a la música y la cultura andaluza, con personajes y referencias de diferentes generaciones y estilos. Más que seguir una única época, Moraleja reúne recuerdos que forman parte del imaginario colectivo y los coloca juntos como si fueran las páginas de un álbum muy sevillano. El conjunto consigue algo especialmente interesante: resultar familiar sin parecer antiguo. Moraleja mira a la Sevilla de siempre, pero no intenta reproducirla literalmente. La utiliza como materia prima para construir una identidad propia, desenfadada y reconocible. Y esa personalidad no termina dentro. Su terraza, rodeada de vegetación y protegida por grandes toldos rojos, aporta la otra cara del establecimiento. Cuando sale el sol se convierte en uno de sus espacios más agradables, perfecto para trasladar fuera esa filosofía tan sevillana de cerveza, tapas, conversación y sobremesa sin mirar demasiado el reloj.

La cocina de Bar Moraleja apuesta por un recetario informal, muy sevillano y con espíritu de barra, mezclando sabores tradicionales con guiños actuales y propuestas pensadas para compartir. En la carta encontramos banderillas y gildas desde 2,00 €, salchichón ibérico trufado desde 3,80 €, queso en aceite 6,50 €, ensaladilla desde 3,80 €, tomate aliñado 6,50 € y patatas Amara 5,00 €. Su apartado de laterío incluye zamburiñas 6,00 €, berberechos al natural 10,50 €, sardinas con jalapeños y habanero 15,50 € y patés de navajas o chipirones por 4,50 €. También hay bocados más desenfadados como los brioches de solomillo o el perrito Nuestro Jarana, 4,20 €, además de especialidades como las croquetas de chicharrones 4,50 €, tortillita de camarón con guacamole y atún 5,50 €, tortilla poco cuajada 7,00 €, morcilla crujiente 4,50 € o las patatas Jarana 10,50 €. Un buen ejemplo de su particular cocina son sus chicharrones, que han ayudado a situar el establecimiento en el mapa sevillano de este producto. Se fríen al momento y llegan acompañados de alioli de hierbabuena, Pedro Ximénez, perejil y lima: sabores contemporáneos alrededor de una receta profundamente popular. Un tapeo sevillano con producto reconocible, conservas, ibéricos y platos con personalidad. Para terminar, cuentan con postres caseros que van cambiando: lo mejor es preguntar qué tienen ese día.

Después de conocer su historia y sentarnos en la terraza a probar su propuesta, podemos concluir que lo que más nos ha gustado de Moraleja es su personalidad. Hay referencias que nos llevan inevitablemente a la Sevilla de siempre, pero el resultado no se siente antiguo ni pretende vivir únicamente de la nostalgia. Más que intentar reinventar el concepto de bar sevillano, demuestra que todavía queda mucho margen para actualizarlo sin perder aquello que lo hace reconocible. También nos parece acertado el salto a Nervión. Este segundo establecimiento permite desarrollar con mayor amplitud una idea que aquí encuentra un entorno especialmente apropiado para convertirse en ese bar al que apetece regresar. Y probablemente ahí esté una de sus mayores virtudes. Moraleja tiene identidad, resulta desenfadado y consigue generar ese ambiente en el que una cerveza puede acabar convirtiéndose fácilmente en unas tapas y una sobremesa más larga de lo previsto. Nuestra visita nos deja, por tanto, muy buenas sensaciones. Por eso, Moraleja se gana un sitio en nuestro mapa de bares a los que merece la pena volver.

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