Catalina Casa de Comidas

Catalina Casa de Comidas fue el punto de partida de todo. Albert Granados y Gonzalo Villalba abrieron este establecimiento de la plaza Padre Jerónimo de Córdoba en 2011 y, quince años después, sigue siendo una de las casas más reconocibles del grupo y un sitio muy interesante para comer o tapear en pleno centro de Sevilla. Por el camino llegaron nuevos proyectos y otros formatos, pero Catalina ha continuado funcionando de manera ininterrumpida y manteniendo esa idea de casa de comidas en la que el producto y una cocina reconocible están por encima de demasiadas complicaciones. Ahora el restaurante acaba de iniciar una etapa completamente nueva. Coincidiendo con sus quince años, Catalina ha pasado por una importante reforma que afecta tanto a su imagen como a su propuesta gastronómica. Y el cambio no consiste simplemente en poner el local más bonito. La intención ha sido recuperar parte de la personalidad con la que nació en 2011, revisar aquello que con los años había quedado anticuado y adaptar el restaurante a la forma en la que hoy se utiliza el espacio. También vuelve a cobrar importancia algo que estuvo presente en sus comienzos: los desayunos. El resultado es un Catalina renovado, pero que sigue queriendo ser una casa de comidas. Cocina de raíces andaluzas y mediterráneas, producto fresco y de temporada y platos pensados tanto para tapear como para sentarse a comer con más tranquilidad. Una actualización importante para un establecimiento que, después de quince años, tenía por delante el reto de modernizarse sin perder precisamente aquello que lo hizo funcionar.

La reforma se percibe desde el primer vistazo. El antiguo Catalina, con aquella mezcla algo indefinida de tienda de comida para llevar, cafetería y restaurante, deja paso a un espacio mucho más ordenado, luminoso y con una identidad más clara. La intervención no rompe con el pasado del establecimiento, pero sí pone al día una sala que necesitaba una renovación. El principal cambio está en la barra. Desaparece la gran vitrina que durante años dominó el local y el mostrador gana amplitud y presencia, además de convertirse en un lugar más para comer. Sobre él queda una vitrina de dimensiones más contenidas, donde el pescado y el marisco fresco mantienen buena parte del protagonismo. Alrededor, madera, mármol, azulejos en tonos tierra, lámparas de globo y detalles en negro construyen una estética cálida y bastante más contemporánea. También cambia la manera de ocupar el espacio. Regresan las mesas altas, que ya estaban presentes en aquel primer Catalina de 2011, y se incorpora una gran mesa pensada para compartir. Conviven con las mesas bajas del comedor, de modo que el restaurante permite desde un picoteo rápido en la barra hasta una comida más pausada. A todo ello se suma una de las ventajas que el establecimiento conserva intacta: su amplia terraza en la plaza Padre Jerónimo de Córdoba. Esta actualización le ha sentado muy bien. En nuestra anterior visita ya señalábamos que el mobiliario acusaba el paso de los años y que el local pedía una puesta al día. La reforma resuelve ese problema sin borrar la personalidad de Catalina. El resultado es más despejado, coherente y actual, pero sigue conservando ese punto informal y cercano de casa de comidas que siempre ha formado parte de su carácter.

La nueva carta de Catalina Casa de Comidas se mueve en una cocina andaluza y mediterránea de producto, reconocible pero actualizada, con algunos guiños más contemporáneos. Para empezar, cuentan con una buena selección de ibéricos y quesos, con jamón ibérico de bellota (16/26 €), caña de lomo (12/22 €), chorizo (10/20 €) o tablas de quesos artesanos (22 €). La parte marinera es uno de los puntos fuertes, con ostras (7 €), percebes (18 € los 100 gramos), almejas en salsa verde (22 €), navajas a la plancha (24 €), gamba blanca (22 €), langostinos (24 €), chipirones de playa (18 €) y pescados del día según mercado. La barra recupera sabores muy clásicos con gildas de la casa (3,75 €), boquerones en vinagre (7 €), ensaladilla rusa con anchoas (4,50 €), papas aliñás con bonito en escabeche (4,50 €) o una estupenda colección de tostas.  La freiduría tiene también bastante peso. Hay patatas bravas (4,50 €), croquetas de pollo rustido y trufa, atún rojo o scamorza y tomate semiseco (6 €), alcachofas fritas con romesco (12,50 €), choco frito (18 €), tacos de merluza y camarones (16 €) y pavías de lubina (14 €). Más desenfadado es el apartado de montaditos y entrepanes, donde conviven el montadito de gambas con alioli (8 €), el pepito de txistorra con huevo de codorniz (8 €) o el brioche de costilla ibérica confitada y barbacoa (8,50 €). Y para quienes quieran comer de plato, los fogones ofrecen recetas de mayor contundencia: patatas arrieras con langostinos al ajillo (14 €), huevo estrellado con butifarra, boletus y trufa (16 €), bacalao guisado con pisto (16 €), carrillera al Pedro Ximénez (14 €), pluma ibérica con queso Payoyo (18 €) o lomo bajo de vaca a la parrilla con patatas fritas y pimientos de Padrón (24 €). Los postres siguen esa misma línea reconocible, con flan de huevo con nata (7,50 €), torrija con espuma de Pedro Ximénez (8,50 €), trufas heladas de chocolate (8 €), lemon pie (8,50 €) y tarta de queso con helado de pistacho (8,50 €).

En conjunto, una carta extensa que da bastante más protagonismo al pescado, el marisco, la barra y las recetas tradicionales. Una propuesta que encaja muy bien con esta nueva etapa de Catalina y, sobre todo, con la intención de recuperar parte de aquel concepto con el que comenzó su historia en 2011. Han cambiado muchas cosas desde entonces. Catalina ha crecido, se ha transformado y ha visto nacer a su alrededor nuevos proyectos, pero nunca ha dejado de ser un referente de buena cocina en Sevilla. Quince años abierto de manera ininterrumpida son también la mejor prueba de que detrás hay mucho más que una ubicación privilegiada: buen producto, una cocina que funciona, profesionalidad en el servicio y una clientela que sigue respondiendo. La reforma llega en un buen momento y le devuelve al espacio el esplendor que necesitaba, pero lo importante continúa estando en la cocina y en esa manera de entender Catalina como una auténtica casa de comidas. Solo queda felicitar a todo el equipo por estos quince años y desearles que sean muchos más.

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